La Fuga de Sharon

Encontró la amenaza clavada con un puñal en la puerta de su departamento. Sharon aguardaba en un bodegón abandonado en las afueras de la ciudad y esperaba que fuera fiel a su palabra e intentara atraparla desprevenida.

No lo pensó dos veces, se vistió de gabardina y, tras peinarse el bigote y calarse el sobrero alón, condujo el descapotable a través de una noche en blanco y negro que se burlaba de su prisa y su rabia mientras pisaba el acelerador sobre los quiltros callejeros que se acercaron corriendo para ladarle a los neumáticos.

Llegó al bodegón a la medianoche. Apretó contra su mejilla la magnum del 44 mientras seguía silenciosamente el rastro de lápiz labial que Sharon había dejado sobre el suelo húmedo, hasta que llegó a una jaula metálica garabateada con un recordatorio en letras gruesas: GUARIDA SECRETA DE SHARON.

No había cerradura alguna. Dentro del galpón solo había na silla metálica y unos grilletes con el candado suelto. Sharon había escapado.

Pero eso no importaba ahora. Acarició suavemente el cañón de la pistola con la boca y comenzó a desvestirse lentamente saboreando de nuevo el olor cremoso de las axilas de Sharon cuando estaban recién depiladas y sintiendo nuevamente en su bigote el cosquilleo de su cabello negroazulado.

Mientras la gabardina caía al suelo, tomó asiente en la silla metálica y se frotó los senos con la pistola mientras creía masticar suavemente la entrepieran manzanosa de Sharon, su enemiga fugitiva. De pronto, ciñó el grillete en torno a su propio tobillo y lo cerró, sin soltar la pistola.

El cañón de la magnum amenazó esta vez la entrepierna, mientras en la otra mano arrojaba lejos el sombrero alón, descubriendo una mata de largo pelo negroazulado que se desparramó entre grititos de gusto y angustia. Sharon estaba a punto de llegar.

Finalmente, tiró la pistola al suelo y la pateó con rabia. Se arrancó el bigote con la mano derecha y lo arrojó con desprecio sobre un montoncito de basura mientra giraba la silla para encarar la puerta de entrada con las piernas abiertas, esperando a sus carceleros.

Sharon había sido atrapada otra vez. Eso se llamaba un trabajo bien hecho.

Juan Ignacio Iturria.
10-05-2006
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