La Estancia, Lugar, Intervalo.

 

I

Vulnerada.

No voy a mentir esta vez, el mundo me continúa pareciendo un lugar asfixiantemente hostil. No importa cuánto haya tratado de endurecerme, de aprender las tácticas que lo hacen a uno conocer las trayectorias de las balas y la sangre. Taponarse los oídos de los ruidos molestos,  los empujones o las pisadas. Los asaltos por las noches en las paradas de bus.

II

Inepta.

éso que quieres de mí? éso,  no lo tengo.

Miras mis cosméticos. Interrogas en ellos. Los abres y los cierras. Destapas un labial maybelline que es labial por un lado y brillo, por el otro.

Lo abres y me preguntas desafiante: ¿sabes que esto tiene otra tapa?

Me preguntas y esperas que esté perpleja por tu descubrimiento.

Pienso que lo que me dices es lo que piensas de mí: Que cargo objetos que no sé usar. Que pierdo las cosas.

Todas ellas, también las que son importantes. Que no se cuidarme, que no sé vivir.

Luego de este episodio, comemos ensaladas. Te duermes a mi lado. Lo que queda de la tarde, me la paso llorando. Mientras tú duermes,  yo lloro extenso y sentido. Silencioso y dramático. No sé que hacer sino llorar.

III

Temerosa y entregada como una vaca.

La certidumbre de mis pasos me aterra. Voy directo al matadero.

IV

Lúgubre y seca.

Las horas del niño moribundo. Desperté y tenía la cabeza empapada y viscosa como si la hubiese sumergido en sangre. En mi sueño veo decapitar a la esposa de enrique viii,  la veo con la mano limpiar la sangre del tronco. Antes, la sangre de la princesa decapitada. De pronto,  mi sangre. En mi sueño me he arrancado la yema de los dedos. Con la yema arrancada acaricio el espacio entre mi carne y el tronco. En el sueño la sangre es el  vehículo, el médium, el asunto demónico…

Envolturas. Envolturas. Envolturas…

– Todos los días aguardo inmóvil hasta que los números del reloj cuenten cinco horas- 5 momentos – 5 espacios en la expresión más lenta e inmóvil de mi cuerpo. Incomprensiblemente puedo ser más lenta aún. Tan lenta e incomprensible.

Esta vez sucedió que el hijo sangrante volvió a caerse de mí. Cayó de mi centro. Lo sentí deslizarse entre mis piernas hasta que el calzón lo detuvo. Por minutos/horas.-

En mi sueño vi transitar calles desmanteladas. Fuego parecía haber arrasado esas calles, balas. El ritmo riguroso de un lugar sitiado. Y en el aire, la respiración disciplinada del temor. En el aire, escucho una voz que murmura. La oigo como a un recuerdo.”Debiste haberme matadazo cuando pudiste. Te equivocaste, debiste haberme matado a mí. Pero te equivocaste y mataste a mi hermano. Tú no sabes aún lo que significa matar a un hombre, sentir como se desgrana su carne en tus manos. Yo te enseño..”.

Mientras, la voz se hace hombre y el hombre se hace cuchillo.

Yo voy sintiendo desollar mi espalda. Pedazos de mi piel caen a mi lado. Yo yazco en el suelo y me voy retorciendo del ardor que el hombre/cuchilla me causa. Me asusto y sufro.

Al despertar unas manos ardientes me sostienen.

Grito.

V

Sencilla.

Con todo extraño mi soledad y la cámara lenta. El  blanco y negro.

Con todo saboreo hasta el éxtasis, la circunstancia donde las presencias son figuras juguetonas. En el espacio de alguna habitación o afuera, en el patio, con los árboles. Soy alegre en su presencia. Les traigo regalos y espero esa sonrisa a cambio.

Cuando soy sencilla, me reservo la secreta delicia de un recuerdo clandestino. Por ejemplo,  el  abrazo prohibido del jueves en la madrugada. Esos besos clandestinos cuando nos fugamos de todos y nos vimos a solas en la parada de bus. Que torpeza no saber besarte.  ¡Qué delicioso adulterio!

V

Doméstica.

Aún me resulta extraño el que para algunas personas las labores de aseo de una casa, labores domésticas, no signifiquen nada o al menos no gran cosa. Yo creo que son labores de amor.

Así como ahora que me la he pasado en cuatro patas, refregando, puliendo, abrillantando. Agachada, sudorosa, semidesnuda, más consciente de mi cuerpo que una palpitación. En cada azulejo, en cada brillantez del azulejo vibró mi amor y la devoción de esclava consentida.

Soy yo la que consiente y la que se  ocupa.  Es tanto el esmero. Como terminar una pieza de música o un poema.

Verdaderamente no veo la diferencia.

Por otra parte, existe otra clase de personas que piensan que las actividades sociales son las que no valen. Mi madre por ejemplo.

Eso, para dejar en claro como son las cosas.

Por mi parte, soy una devota amante. Le guardo celo y gratitud al hombre que me ha elegido.  Me ha encaminado a un cruce por el que cada vez que paso, vuelvo a una parte de mí que creía extinta. Pero debo confesar que lo amo más en la distancia. En su presencia, mi amor decrece. Por alguna razón.

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