Mirinda

Mirinda de ojos acuosos sostiene una fruta carnosa, dulce y ácida como el sabor que guarda en la punta de su lengua. En la Feria todo es ruido, contracción de multitudes sorteando la rutina.

Mas el aroma de aquella naturaleza raptada, aún con su eco indómito, lo invitan a reclamar delicias, palpaciones abruptas, enérgicas, que desencadenen pastosidades nuevas, en la prolongación de ese otro, unido a la mezcla de jugos exóticos.

Para sortear a los mirones, es preciso encontrar un rincón secreto. Desde el mango a la berenjena en un abracadabra de designios, es guiado a una pequeña carpa llena de sandias veraniegas y en la espera, ella con la mirada oscura, prisionera de un ponto ígneo, compartiendo su ansia _Ven_ le dice.

Tomar, correr, llegar, embadurnar a horcajadas, gemir, girar, volteretas de la A a la Z, besar hasta el hartazgo, succionar la esencia para llorar y reír a la vez, con un vértigo seco, implacable.

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