Anastimafilia

ha llegado la hora de mi redención
el ascenso fulminante que corona esta lívido atizada por
los sofocos de un retrato costumbrista
hoy impugno vuestra sentencia, buitres en apariencia mojigatos
ante mí se abaten como abismos heridos los cánticos que han erigido sus dogmas

ya no me oprime la tiranía espectral del pudor al hablar
pues he dado hoy con mi propio señor
ante quien me arrodillo en alabanza, sí
frente a esos montes divinos que descienden
por su pecho acerado
hacia un delta de riscos y corales
subrepticios por la piedad excesiva que lo condujo a la cruz

allí me verán los días venideros:
lamiendo sus volúmenes como si ello midiera
el altruismo del tiempo
bien medida la cincha, calzada la montura
y el trote bajo el mando de su rutilante rienda
acatando con ciega mansedumbre
la ley de mi filia
tu sabia disciplina
la marca que me llegue de tu mano curtida
el tatuaje indeleble de una hebilla de plata.
Todos los honores que bajen de tu altura:
Una saliva, un beso, un mandamiento,
una lluvia de semen,
una friega con frutos de tu vientre bendito,
todo será para mi vida el pan que la sustenta,
la diaria vestidura,
la fe de estar a salvo de los males del mundo.

Y enseguida he de besar tus pies
Del corcovo hacia el suelo, ya de bruces, lamiendo.
Lamiendo con lujuria de animal de la noche
lamiendo hasta que brille la piel de tus orígenes
y el aire que abanican sus erizos calientes.
Implora que mis pies le otorguen
esa mansa liturgia, los desvelos febriles de mi lengua.

Y que luego caminen sobre mí
que me pisen y jueguen con mi carne rendida.
Que me lleven el cuerpo a la humedad
que brote de tus flujos bravíos
y den vuelta mi rostro hacia el sitio que busco merecer:
el de mirar tus ojos cuando caen,
gota a gota, como un riego sagrado.
Y a la vez me bendicen y dejan en los míos
su tibieza amarilla.
A cambio te prometo el despojo
de todo lo que afecte tu goce necesario:
El egoísmo de mi libertad
la pesadez del fatigado orgullo.
Si así no lo hiciere
voy a aceptar con ciega mansedumbre
el castigo de todos mis errores
tu sabia disciplina
la marca que me llegue de tu mano curtida
el tatuaje indeleble de una hebilla de plata.
Todos los honores que bajen de tu altura:
Una saliva, un beso, un mandamiento,
una lluvia de semen,
una friega con frutos de tu vientre bendito,
todo será para mi vida el pan que la sustenta,
la diaria vestidura,
la fe de estar a salvo de los males del mundo.
Mis días más felices serán cuando navegue
ciñendo las columnas de tu agreste figura:
Tus dos piernas oscuras, bizarras, poderosas,
y tu miembro mayor, ese que vela o crece
como un brazo pensante,
la estrella que tu alto domador alza virtuosa
en la horas de su intensa fajina.
Yo nunca diré basta,
conozco tus cuchillos y su filo salvaje.
Soy la vaina callada donde anida tu hombría.

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